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Mira esa chama venezolana, con un trasero que te paraliza el corazón. No es un culo, es una obra de arte, una montaña de carne tierna y firme que se mueve como si tuviera vida propia. Cuando camina, esos glúteos se balancean con un ritmo que te hipnotiza, invitando a que le des una palmada bien fuerte para ver cómo tiembla. Es tan redondo y perfecto que parece esculpido por un dios pervertido. Te mataría por tener la oportunidad de enterrarle la cara ahí, de morderle esa nalga suave y sentir su calor. Esa muchacha no camina, hace desfiles, y ese culo es su trofeo, una amenaza mortal para cualquier pantalón y la razón por la que se te revuelven las tripas.










