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La morrita fresa, con su voz dulce y su apariencia inocente, lo miró desde el suelo. Sus ojos, dos canelas oscuros, brillaban con una malicia que contrastaba con su look de niña buena. Su mano acariciaba su muslo mientras una sonrisa traviesa se dibujaba en sus labios. Inclinándose hacia adelante, con el aliento caliente rozando su piel, le susurró la pregunta que lo incendió por dentro: «¿Quieres que te la chupe, amor?». La frase, saliendo de esa apariencia angelical, era la promesa de un placer sucio y prohibido, una invitación a descubrir la lobita que se escondía detrás de su fachada de princesa.















