En la tranquilidad de su oficina, el profesor de preparatoria, con una mirada penetrante, se sienta frente a su alumna, que parece nerviosa. «Necesitamos hablar sobre tu desempeño,» comienza, con una voz firme pero suave. «Tus notas no están al nivel que deberían.»
La alumna, con los ojos llenos de incertidumbre, asiente. «Lo sé, profesor. Estoy haciendo lo mejor que puedo.»
Él se inclina hacia adelante, su tono se vuelve más íntimo. «Hay maneras de mejorar tu situación. Podríamos llegar a un acuerdo, algo que beneficiaría a ambos.»
La alumna frunce el ceño, sin entender. «¿Qué tipo de acuerdo?»
El profesor, con una sonrisa traviesa, se levanta y se acerca a ella. «Podrías dejar que te enseñe algo más… personal. Algo que podría mejorar tu rendimiento académico.»
Ella, sorprendida y confundida, da un paso atrás. «No entiendo, profesor.»
Él, sin perder la calma, la toma de la mano y la guía hacia el sofá. «Relájate. Solo será un pequeño favor. Y a cambio, te garantizo mejores notas y mi apoyo incondicional.»
La alumna, atrapada entre la necesidad de mejorar sus calificaciones y la incomodidad de la situación, finalmente cede, sabiendo que no tiene otra opción. El profesor, satisfecho, comienza a desabrochar su camisa, listo para cumplir su parte del acuerdo.















