El novio está a punto de penetrarla, la cabeza de su polla ya roza los labios húmedos de su panochita, un paraíso caluroso que lo llama. El momento es perfecto, la tensión es eléctrica. Pero entonces, una mano delgada se detiene sobre su pecho. «No, no, espera…», susurra la jovencita, con la voz entrecortada por el deseo. Él se detiene en seco, frustrado. «Ponte el condón», le pide, mirándolo con ojos que suplican y prohíben al mismo tiempo. Hay un segundo de silencio, una batalla entre el instinto animal y la responsabilidad. Con un gruñido de resignación, él se aparta, busca el sobre de foilo en la mesita de noche y se lo coloca, sacrificando la piel directa por el permiso para continuar, por el privilegio de poder follarse a esa jovencita que, aunque mojadísima, quiere jugar a la regla.
no no espera…ponte el condon…le dice la jovencita a punto de que el novio la penetre
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