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El novio, con la polla dura y las esperanzas altas, se la acerca a la boca de su morrita colegiala. Ella la mira desde arriba, frunce el ceño y se aparta con un fastidio evidente. «Uy, no», dice, casi riéndose. «Huele feo». La frase lo deja paralizado, con la erección a punto de morir en el aire. Él insiste, le suplica, pero ella solo sacude la cabeza, cruzando los brazos. «Lávatela bien y ya veremos», le lanza como un desafío, mientras él se queda allí, con el miembro en la mano y el orgullo herido. La lección quedó clara: para esa colegiala, la higiene es el requisito número uno antes de cualquier felación.















