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El pobre pendejo se está rompiendo el lomo para meterle su verga, pero la novia está tan apretadita que no le entra ni la punta. La chica está que se retuerce, a punto de llorar, porque la sentís como si le estuvieran abriendo la raja a la fuerza. El tipo, todo sudado, le echa saliva al miembro, intenta otra vez, pero es como querer clavar un clavo en una pared de acero. «¡Ay, papi, que me estás haciendo daño!», grita ella, mientras él se desespera y jode por no poder ni meter la cabeza. Al final, tuvieron que dejarla para otro día, porque la pucha era tan cerrada que ni con la ayuda de Dios se podía.















