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El tipo la tiene en cuatro, dándola bien duro, clavándola hasta el fondo con cada embestida. De repente, la morrita se queja: «Ay, papi, ya no, ya no la metas tan hondo, que me duele». Pero el cabrón, en lugar de parar, le da más gusto. Le agarra la cadera con más fuerza y le dice, «Cállate, perrita, aguantátela», y le sigue metiendo toda la verga, sin piedad. Ella se queda quieta, con la carita agachada, soltando un quejido ahogado cada vez que siente cómo le golpea el fondo del coño, aguantando el dolor porque sabe que es para él.















