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El novio, con esa pinga de gigante, le intenta meter toda a la jovencita, pero ella, en cuanto siente que le llega hasta el estómago, le empuja la barriga con las manos. «¡Pendejo, para, que es muy grande!», grita, con los ojos como platos. Él insiste, intenta meterla de nuevo, pero la muchacha lo aparta, diciéndole: «¡Te dije que no, cabrón, me vas a partir!». El tipo, frustrado, se queda con la verga en la mano, mientras ella le mira con rabia y un poco de miedo, porque aunque le gusta la idea, su cuca no le aguanta tanto palo. «¡No me la metas toda, pendejo, o te saco los ojos!», le advierte, y él, resignado, se la empieza a meter solo hasta la mitad, con cuidado de no hacerle daño.















