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La morrita esta, toda una chava de buen rollo, se creía muy inteligente. «Solo un poquito, mi amor», le dijo el pendejo, y la pendeja le creyó. El güey la acuesta, le baja los calzones y, sin decirle agua, le mete toda su verga hasta los huevos. La chava se quedó tiesa, con los ojos como platos, y empezó a gemir como una loca. «¡Ay, no, no, sácala, por favor!», gritaba, pero ya era tarde. El cabrón, sin piedad, le partía el conchito a toda madre, haciéndola sangrar como una cerda. La pobre morrita, toda arrepentida, solo podía llorar mientras el pendejo la dejaba hecha mierda. Una pendeja que aprendió a las malas lo que es ser desvirgada por un cabrón sin corazón.















