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La morrita, toda nerviosa y con el uniforme del colegio todavía puesto, se recuesta en la cama y le agarra la mano a su novio. «Cógeme despacio, pendejo, que es mi primera vez», le susurra, con la voz temblorosa. Él, con la verga dura y la cara de ilusión, le empieza a meter la cabeza poco a poco, sintiendo cómo se le abre la cuca, apretada y virgen. Ella se aprieta de los labios, siente una punzada y dice «¡Ahhh, para!», pero él la besa y le sigue metiendo, con cuidado, hasta que se la traga entera. La morrita, con los ojos llenos de lágrimas y de placer, le dice «Ya puedes moverte, cabrón», y él empieza a follarla lentamente, hasta que los dos se vienen, con la sangre de su desfloración manchando las sábanas.















