cogiendo a una morrita borracha en el baño de la casa

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El baño de la casa era pequeño y olía a perfume y a alcohol. La morrita, apoyada contra el lavamanos, apenas se sostenía en pie. Su risa era incoherente y su cuerpo se entregaba como un muñeco de trapo. Él, detrás de ella, le subió la falda y tiró de su tanga con un movimiento brusco. Sin decir una palabra, la penetró por ahí, de pie, mientras ella solo emitía un gemido ahogado. El espejo reflejaba su rostro sin expresión, sus ojos vidriosos perdidos en el vacío. Cada embestida la hacía golpear contra el lavamanos, un ritmo sordo y húmedo que era lo único que se oía, además del jadeo de él. Era un acto rápido, salvaje, en el espacio más íntimo de la casa, usando su cuerpo embriagado como un simple recipiente para su deseo.

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