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«Está bien, pero no me grabes la cara», le dice la morrita mexicana al novio, con una mezcla de vergüenza y emoción en la voz. Él asiente, levantando el teléfono y enfocando directamente hacia donde se arrodilla. La cámara capta cada detalle: su pelo oscuro cayendo sobre sus hombros, la forma en que su cuello se estira al inclinarse y, sobre todo, el espectáculo principal, su boca joven y experta trabajando con devoción. Su rostro permanece fuera de cuadro, un misterio que aumenta la perversidad del momento. Solo se ve su cuerpo, su sumisión y el acto que está realizando, un video casero donde ella es la anónima estrella y él, el afortunado director de su propio film privado.















