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La pendeja, con su concha recién peladita, más lisa que un billar, le dice a su papi que la filme. «Grabame, amor, quiero que veas qué rica estoy», le susurra con una sonrisa de poca madre. Se mete a la regadera y el agua le resbala por ese culo que se le antoja morder. Abre las piernas, dejando ver ese papito húmedo y rosadito, y empieza a pasarse los dedos por la raja, jugueteando con su clítoris. El cabrón no pierde detalle con el celular en la mano, mientras ella le reclama: «¿Te gusta, pendejo? ¿Ves cómo se me pone toda mojadita?». Termina metiéndose dos dedos, gimiendo como una zorra, mirando a la cámara con cara de «cómeme toda».















