Desvirgando a una pendeja flaquita y casi los descubren

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La habitación oscura estaba iluminada solo por la tenue luz de la pantalla de un portátil, donde se reproducían videos de latinas xxx. Él, un tipo fornido con pinta de perdedor, se excitaba viendo a esas mujeres amateur xxx coger sin inhibiciones. Su acompañante, una pendeja flaquita con tetas pequeñas y mirada perdida, temblaba de excitación y miedo a la vez.

«¿Te gusta lo que ves, putita?» -le espetó él con voz ronca, mientras le palpaba las nalgas por encima del short raído que llevaba la chica.

«S-sí, me gusta… pero tengo miedo de que nos descubran…» -susurró ella, con la voz entrecortada por la anticipación de lo que estaba por suceder.

Él la empujó bruscamente contra la cama y le arrancó la ropa interior con furia, dejando al descubierto su concha depilada y húmeda.

«¡Vamos a desvirgarte, pendeja! ¡Vas a sentir toda mi verga dentro de ti!» -rugió él, mientras se desabrochaba los pantalones y sacaba su pija erecta y palpitante.

La flaquita cerró los ojos con fuerza y se mordió el labio inferior, esperando el momento en que sería penetrada por primera vez. Él no perdió tiempo y la penetró con violencia, haciéndola gemir de dolor y placer al mismo tiempo.

«¿Te gusta, eh? ¡Te voy a coger tan duro que no podrás caminar en días, zorra!» -gritaba él, embistiendo una y otra vez el estrecho canal de la chica.

Los gemidos y los golpes de carne resonaban en la habitación, mientras los videos de latinas xxx seguían reproduciéndose en la pantalla, como una musa inspiradora de lujuria y depravación.

De repente, un ruido en la puerta los hizo detenerse en seco. Ambos se miraron con pánico, sabiendo que estaban a punto de ser descubiertos en pleno acto sexual.

«¡Mierda, creo que nos han pillado, puta barata!» -exclamó él, sacando su verga de la concha de la flaquita y buscando desesperadamente sus ropas para vestirse.

La chica, con la respiración agitada y el cuerpo temblando, se vistió a toda prisa, tratando de recomponerse antes de que alguien irrumpiera en la habitación.

La puerta se abrió de golpe, y en el umbral apareció una figura amenazante, con los ojos llenos de ira y repugnancia al ver la escena que se desarrollaba frente a sus ojos.

«¡Pero qué mierda es esto! ¡Están cogiendo en mi habitación, hijos de puta!» -bramó el dueño de la casa, un hombre corpulento y peludo que parecía dispuesto a acabar con la fiesta en ese preciso momento.

La flaquita se puso pálida de terror, mientras él trataba de encontrar una excusa que los sacara del apuro. Sin embargo, la ira del dueño de la casa no parecía tener límites.

«¡Fuera de mi casa, cerdos asquerosos! ¡No quiero volver a verlos jamás, o llamaré a la policía!» -gritaba el hombre, empujándolos hacia la salida con gesto amenazante.

Asustados y avergonzados, la pendeja y su compañero salieron corriendo de la casa, con el corazón a mil por hora y la vergüenza marcada en sus rostros sudorosos.

Una vez en la calle, se detuvieron a recuperar el aliento y a reír nerviosamente de la situación vivida. A pesar del susto, la adrenalina del momento se había convertido en un recuerdo excitante que guardarían para siempre en su memoria.

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