La flaca pide que vayas despacio porque le duele

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La flaca pide que vayas despacio porque le duele. Había conocido a esta chica latina caliente en una fiesta, y desde entonces no podía sacármela de la cabeza. Su piel morena y su mirada lasciva me tenían obsesionado. Finalmente, había logrado llevármela a mi apartamento, donde la temperatura subió rápidamente.

—¿Te gusta así, perra? —le dije mientras le agarraba el culo con fuerza.

Ella gemía y movía sus caderas con deseo. La tomé de la cintura y la empujé contra la pared, besando su cuello y deslizando mis manos por su espalda. Sus gemidos se volvieron más intensos, y su respiración se aceleraba.

—¡Sí, sí, dame más duro! —me suplicaba entre jadeos.

No pude resistirme a sus súplicas, así que la levanté y la llevé hasta la cama. La desnudé con ansias, revelando su cuerpo esbelto y sus tetas pequeñas pero firmes. Me incliné y comencé a lamer sus pezones, mientras ella se retorcía de placer.

—¡Sigue, no pares! —gritaba, arqueando la espalda.

Me quité la ropa rápidamente y me coloqué entre sus piernas. La miré fijamente a los ojos mientras le separaba las piernas y le introducía un dedo en la concha mojada. Ella gimió más fuerte, pidiendo más.

—¡Cógeme, cógeme duro! —me rogó, apretando las sábanas con fuerza.

No pude resistirme a sus súplicas y la penetré con fuerza. Sus gemidos llenaron la habitación, y yo embestía con más intensidad, sintiendo cómo su cuerpo temblaba de placer. La agarré de las caderas y la moví al ritmo de mis embestidas.

—¡Sí, sí, así, así! ¡No pares! —gritaba, en un éxtasis de placer.

La cogí con fuerza, sintiendo cada contracción de su vagina estrecha. Sus gemidos se volvían más desesperados, y su cuerpo se arqueaba de puro placer. Cambiamos de posición, y ahora ella estaba encima de mí, cabalgando como una auténtica puta.

—¡Oh, sí, sí, así me gusta! —le decía entre jadeos.

Su culo rebotaba contra mi verga, y sus tetas se sacudían con cada embestida. La tomé de la cintura y la ayudé a moverse más rápido. Sus gemidos llenaban la habitación, y su cara de placer era un espectáculo.

—¡Más rápido, dame más! —me pedía entre gemidos, sin poder contenerse.

No pude resistirme a sus súplicas, así que la tumbé en la cama y la penetré por detrás. Se apoyó en sus codos, arqueando la espalda y ofreciéndome su culo en bandeja de plata. La cogí con fuerza, sintiendo cada embestida en lo más profundo de su ser.

—¡Sí, sí, así me encanta! —gritaba, disfrutando cada embestida como si fuera la última.

Sudábamos, gemíamos y nos movíamos al compás de la lujuria desenfrenada. El sudor cubría nuestros cuerpos, y el olor a sexo llenaba la habitación. Seguí embistiendo con fuerza, sintiendo cómo mi pija golpeaba su interior una y otra vez.

—¡Sí, dame más, más fuerte! —gritaba, en un estado de éxtasis total.

No pude contenerme más y me vine dentro de ella, sintiendo cómo mi semen la llenaba por completo. Ella también alcanzó el clímax, gimiendo y temblando de placer. Nos quedamos abrazados, exhaustos y satisfechos, en medio de la habitación empapada de lujuria.

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