Borracha se queda dormida y la agarran

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Borracha se queda dormida y la agarran. La noche estaba caliente en ese club de mala muerte lleno de chicas latinas dispuestas a todo por un poco de atención y dinero. Una de ellas, María, una morena exuberante con curvas de infarto, había bebido más de la cuenta y se tambaleaba de un lado a otro, con la mirada perdida y la falda corta subiendo y bajando, dejando al descubierto sus muslos bronceados.

Un grupo de hombres morbosos no tardó en notar su estado lamentable y decidieron acercarse a ella. Entre risas y miradas lascivas, la rodearon como hienas acechando a su presa. Sin dudarlo, uno de ellos le agarró del brazo y la llevó a un rincón oscuro del local, lejos de las miradas curiosas. Le levantaron la falda sin pudor, dejando al descubierto su ropa interior sexy y ajustada.

«Mira qué tenemos aquí, una putita borracha lista para ser usada», dijo uno de los hombres con voz ronca, mientras los otros se reían y se preparaban para lo que venía. María, semiinconsciente, apenas podía articular palabra, pero su cuerpo respondía de forma automática a las caricias y manoseos de aquellos desconocidos.

Uno de los hombres se acercó por detrás y empezó a manosear sus tetas firmes y suaves, apretándolas con fuerza y sintiendo su pezón endurecido bajo la tela. Mientras tanto, otro se arrodilló frente a ella y comenzó a bajarle las bragas con brusquedad, dejando al descubierto su intimidad húmeda y deseosa de ser penetrada.

María, entre gemidos y quejidos, intentaba resistirse, pero el alcohol y la excitación la tenían completamente rendida. Sin decir una palabra, uno de los hombres sacó su verga dura y se la metió en la boca, obligándola a chupar con fuerza y rapidez, sintiendo cómo su garganta se llenaba de carne caliente y saliva.

Los otros hombres se turnaban para manosearla, tocando su culo redondo y firme, apretándolo con fuerza y deslizando sus dedos por su rajita mojada, provocándole escalofríos de placer y dolor. María gemía sin control, sintiendo una mezcla de excitación y vergüenza por lo que estaba sucediendo.

Uno de ellos la empujó hacia abajo, obligándola a ponerse a cuatro patas, con el culo en pompa y la cara pegada al suelo sucio del club. Sin mediar palabra, le abrió las nalgas de un tirón y le introdujo dos dedos en la concha, haciéndola jadear y estremecerse de placer. Mientras tanto, otro se preparaba para penetrarla por atrás, con su verga dura y ansiosa por entrar en ese agujero caliente y estrecho.

Con un empujón brusco, el hombre la penetró sin piedad, sintiendo cómo su verga entraba en ella con facilidad, desgarrando su interior y llenándola por completo. María gritó de dolor y placer, sintiendo cómo su cuerpo se estremecía con cada embestida, cada vez más fuerte y profunda.

Los hombres se turnaban para cogerla, para follarla sin compasión y hacerla suya de la forma más salvaje y brutal. María, entre gemidos y lágrimas, se dejaba llevar por el momento, entregándose por completo a esos desconocidos que la estaban usando como un objeto sexual, como una puta barata que solo servía para saciar sus deseos más oscuros.

La noche avanzaba y la escena se volvía más grotesca y explícita, con María siendo penetrada por todos lados, con vergas duras entrando y saliendo de su cuerpo sin descanso, con sus gemidos y gritos resonando en el local desolado. El sudor y los fluidos se mezclaban en un baile obsceno, en una orgía de placer y dolor que parecía no tener fin.

Finalmente, uno de los hombres no pudo contenerse más y con un gruñido salvaje se corrió dentro de ella, llenándola de semen caliente y espeso, marcándola como suya para siempre. María, exhausta y humillada, se dejó caer al suelo, sintiendo cómo su cuerpo temblaba de cansancio y excitación, de dolor y placer mezclados.

Los hombres, satisfechos y llenos de lujuria, se alejaron de ella, dejándola allí tirada y sola, como si nada hubiera pasado. María, entre sollozos y gemidos, se quedó dormida en el suelo frío y sucio del club, con el cuerpo marcado y el alma destrozada, pero con una sensación extraña de placer y satisfacción que no podía explicar.

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