Casi se la mete en el culito a la chavita, ¡pero ella grita!

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La cámara temblaba ligeramente mientras enfocaba a la chavita con su falda corta y ajustada. Sus nalgas apretadas se marcaban con cada paso que daba, desatando un deseo animal en el hombre que la seguía. Él no podía apartar la vista de su trasero, imaginando cómo sería cogerla por detrás y sentir su calor en su verga dura.

La chavita entró en la habitación, y el hombre cerró la puerta con un golpe. No había vuelta atrás. La tomó por la cintura, hundiendo sus manos en sus caderas, sintiendo la piel suave bajo sus dedos ávidos. Sin mediar palabra, la empujó hacia la cama, haciendo que cayera con un gemido ahogado.

«¿Qué haces, cabrón? ¡Suéltame!» -gritó la chavita, tratando de zafarse de sus brazos fuertes. Pero él la sujetaba con firmeza, dominándola con su fuerza masculina. «Te voy a coger bien rico, putita. Tu culito va a ser mío», dijo con voz ronca, mientras le arrancaba la ropa con ansias salvajes.

La chavita forcejeaba, pero sus esfuerzos eran inútiles. El hombre la puso boca abajo en la cama, levantando su falda hasta descubrir su trasero desnudo y vulnerable. Con una expresión de lujuria desenfrenada, se abalanzó sobre ella, devorando su piel con besos hambrientos.

«¡No, por favor! ¡No quiero esto!» -suplicaba la chavita, mientras sentía las manos del hombre explorando cada rincón de su cuerpo. Sus dedos ásperos se clavaban en su carne, marcándola como si fuera su propiedad. Sin compasión, la penetró con un dedo, sintiendo lo estrecho y húmedo de su concha caliente.

«¿Te gusta, eh? Eres una puta caliente, ¿verdad?» -gruñó el hombre, embistiendo con más fuerza y ​​maldiciendo entre dientes. La chavita gemía y se retorcía, pero algo en el fondo de su ser despertaba un placer oscuro y prohibido. A pesar del miedo y la vergüenza, su cuerpo respondía al estímulo, traicionándola cruelmente.

El hombre sacó su dedo de su concha y lo llevó a sus labios, saboreando los fluidos de la chavita con lujuria desenfrenada. «Eres una perra mojada, ¿eh? Voy a cogerte tan duro que no podrás caminar en semanas», gruñó, empujándola hacia abajo con violencia.

La chavita sintió la presión de la verga del hombre contra sus nalgas, rogando en silencio que no la penetrara. Pero era demasiado tarde. Con un movimiento brusco, la apartó y la envistió con fuerza, haciéndola gritar de dolor y placer. El sonido de la carne chocando resonaba en la habitación, mezclándose con los gemidos y jadeos de ambos.

«¡Sí, así! ¡Cógeme, por favor, cógeme!» -gimoteaba la chavita, sintiendo cómo la verga del hombre la llenaba por completo, estirando su concha hasta límites insospechados. Cada embestida era como un martillazo en su interior, haciéndola gemir y suplicar por más.

El hombre la sujetaba con fuerza, marcando su piel con arañazos y moratones. Su aliento caliente le quemaba el cuello, mientras sus embestidas se volvían más rápidas y desesperadas. La chavita se abandonó al placer, entregándose al éxtasis de la cogida brutal.

«¡Voy a venirme dentro de ti, putita! ¡Vas a sentir toda mi leche caliente en tu concha!», gruñó el hombre, embistiendo con más fuerza y velocidad. La chavita sintió cómo el orgasmo la invadía, haciéndola temblar y gemir sin control. Su cuerpo se arqueó en un espasmo de placer, mientras el hombre la cogía con una ferocidad animal.

Finalmente, con un rugido gutural, el hombre se dejó ir dentro de ella, llenando su concha con su semen caliente y viscoso. La chavita sintió cómo el líquido la invadía, empapando su interior y dejándola exhausta y satisfecha. Ambos se dejaron caer en la cama, jadeando y sudando, saboreando el éxtasis de la cogida salvaje.

La cámara se apagó, dejando a la chavita y al hombre sumidos en un silencio tenso y cargado de deseo. El aroma a sexo y sudor impregnaba la habitación, recordándoles la pasión desenfrenada que habían compartido. Aunque la chavita nunca olvidaría aquella cogida brutal, sabía que algo dentro de ella había cambiado para siempre.

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